jueves, 1 de abril de 2010

JAVIER VILLAFAÑE, TRADICIÓN Y TRANSGRESIÓN. 24/06/1909 - 01/04/1996

Javier Villafañe (1909 – 1996), titiritero, dramaturgo, poeta y narrador. Fue uno de los padres del moderno movimiento titiritero en la Argentina y en Latinoamérica. Nació y murió en Buenos Aires, pero su vida profesional fue una larga sucesión de viajes que lo convirtieron en ciudadano de todas partes. Sólo parcialmente fueron viajes de esos que realizan las personas exitosas invitadas a participar de eventos, a dar charlas o a realizar presentaciones. Villafañe inventó el viaje como modo espiritual de vida. Contaba que un día, desde el balcón de la casa de su hermano, él y su amigo Juan Pedro Ramos, también poeta, vieron pasar un carro cargado de heno y sobre éste un muchacho acostado “mirando el cielo mientras masticaba un pastito largo y amarillo”; que eso los inspiró a armar la carreta La Andariega con el teatrillo de títeres incorporado y a emprender un viaje por los caminos de provincia guiados por el animal de tiro, a su antojo, sin metas, sin tiempo. Corría el año 1935 y el proyecto llevó alrededor de dos años de preparación. De allí en más La Andariega fue el nombre de su teatro y éste, ya en carro, ya en canoa, en automóvil, en tren, en avión y en diferentes vehículos recorrió primero la Argentina, los países de América y luego Europa; llegó al Asia.

El diálogo con Maese Trotamundos titulado La piel de los títeres (Villafañe, 1983) -Maese Trotamundos es el presentador de su teatro al que convierte en personaje de muchos de sus cuentos y relatos-[1] se refiere al viaje. Maese Trotamundos (el otro yo del autor) le pide al titiritero que le dé vida verdadera, que lo convierta en un hombre y, viendo la imposibilidad de cumplir tal deseo, le pide hacer el viaje. Ante la respuesta del titiritero de que siempre viajan a distintos lugares, él le reprocha el haber vuelto indefectiblemente, lo cual implica que esos viajes no son el viaje, entendido como un ir siempre, sin regreso, sin ataduras a ningún lugar, a ningún pasado.

Este motivo del viaje en la vida de Villafañe y en su literatura, se une a otros, que han conformado toda una idiosincrasia, una modalidad del oficio literario y titiritero.

Adonde iba, pedía que le contaran cuentos o que se los escribieran, tanto niños como adultos. Eso le permitió, por una parte, publicar algunos volúmenes de relatos, como Los cuentos que me contaron (Villafañe, 1970), La mujer que se volvió serpiente y otros cuentos que me contaron (Villafañe, 1977), Los cuentos que me contaron por los caminos de Don Quijote (Villafañe, 1987) o Los cuentos que me contaron por los caminos de Aragón (Villafañe, 1991). Por otra parte, ese hábito de juntar historias populares y el hecho de publicarlas nos habla del valor que el autor daba a ese tipo de composiciones que, indefectiblemente, están ligadas a las formas culturales de transmisión oral. Algunas de sus obras para títeres toman como fuente directa el relato tradicional. Tal el caso de Chímpete-chámpara o El pícaro burlado y Aventuras de Pedro Urdemales. Varios de sus volúmenes de narrativa se nutren completa o parcialmente del folklore literario: Los sueños del sapo (Villafañe, 1963), Don Juan el Zorro (Villafañe, 1963), Cuentos con pájaros (Villafañe, 1979). Inclusive muchas de sus obras narrativas y poéticas adoptan las formas de esa literatura tradicional, recreándolas.[2]

Por otra parte esa relación con la literatura de tradición oral se refuerza también con el cultivo de los clásicos universales, especialmente los españoles, lecturas que nutrieron su infancia y juventud. Esta literatura, en particular la del Siglo de Oro español, tiene una fuerte raigambre en la cultura popular a la cual, a su vez, realimenta. La obra titiritera de Villafañe seduce inmediatamente por la simplicidad de sus argumentos y por un manejo depurado del lenguaje, en muchos casos poético; fácilmente se constituye en clásica porque responde a las formas clásicas de la poética en lengua española.

Todo esto, sumado al estilo de representación que adoptó con su teatro de títeres, sugiere que en Villafañe operaba una intención explícita de recrear el oficio titiritero inspirándose en el antiguo oficio juglaresco.

Para un autor de textos dramáticos que profesó el oficio titiritero por casi setenta años, resulta sorprendente que el número de sus obras se reduzca a una quincena de textos, en su mayoría escritos en la primera parte de su carrera autoral, sobre todo porque su obra literaria en general es amplia.[3] Pero esto responde, precisamente, a una característica de la juglaría, que no necesita cambiar de obra porque, al viajar permanentemente, cambia de público. Este principio, que después inspiró a otros titiriteros que no han renovado su repertorio en décadas, está plasmado en la crónica El soldado que vence a la Muerte: el autor cuenta haber visto en Roma la función de un artista popular basada en un texto tradicional: la lucha entre el soldado y la muerte. Luego de la función le preguntó al artista ambulante si tenía muchas obras en el repertorio:

“-Esta sola –respondió asombrado-. ¿Y para qué más? Mi padre hacía títeres y representó toda su vida –murió a los noventa años- esta misma obra que también la representó mi abuelo, su padre, que fue titiritero como él y como será este niño, mi hijo, con el correr del tiempo.” (Villafañe, 1983)

Si bien Javier, como lo llamaban sus muchos amigos, trabajó en su madurez en un taller estable de la Universidad de Los Andes, en Venezuela, y en sus últimos años estuvo ligado al Teatro Municipal General San Martín de Buenos Aires, al que lo vinculó su discípulo Ariel Bufano (creador del Grupo de Titiriteros y de la Escuela de Titiriteros del importante teatro argentino), su visión del oficio tenía su propia matriz y conformó todo un estilo que fue imitado y reproducido, en Argentina y en otros países por la gran mayoría de los que se dedican a este arte. Villafañe era un hombre culto, formado en uno de los mejores colegios de la Argentina, el Nacional de Buenos Aires, que provenía de una familia de escritores[4] y que fue amigo de grandes artistas. Sin embargo en su obra manifiesta una predilección por retratar a los artistas populares ambulantes, que no son solamente titiriteros sino también personajes del circo: payasos, enanos, la giganta, la mujer con barba, y pintores, músicos, también viajeros, como el personaje de El marinero músico. Esa voluntad de recrear el oficio juglaresco en el siglo XX, supuestamente condenado ya a la desaparición, y hacerlo viable, se vincula, como hemos sugerido, con una visión más general de la vida y de la sociedad que, de alguna manera, podríamos catalogar de transgresora, en cuanto concepción adversa y crítica hacia lo que representa la organización burocrática y las formas de vida burguesas, visión no exenta de un romanticismo utópico.

Así por ejemplo, en Vida, pasión y muerte de la vecina de enfrente (Villafañe, 1943), plantea una metáfora grotesca de la incomprensión que sufre el artista en el mundo actual, personaje molesto para una sociedad que lo tolera mal, y que, por mano de la autoridad, resulta finalmente aniquilado.

En El caballo celoso, un relato surrealista, al describir la Municipalidad de la ciudad de provincias en la que transcurre la acción, lo hace con reminiscencias kafkianas:

“-…En la Municipalidad, sentado en un gran sillón, está el señor Intendente. Fuma y toma café. En otros sillones más pequeños están sentados los señores jefes y los señores inspectores que también fuman y toman café. Hay empleados y ordenanzas. Los empleados se pasan el día haciendo carteles que dicen:

“Está prohibido estacionar”

“Está prohibido pisar el césped”

“Está prohibido cantar”

“Está prohibido escupir en el suelo”

Todo está prohibido.

-¿Por qué? –preguntó el Caballo.

-Para poder cobrar multas –explicó el Sapo Abuelo-. Y con el importe de las multas comprar café y cigarrillos. Así, el señor Intendente, los jefes, los inspectores y los empleados pueden fumar y tomar café. Además con el importe de las multas se compran escobas para que todo el día estén barriendo los ordenanzas, a quienes les está terminantemente prohibido fumar y tomar café. No vaya a la ciudad. Le harán pagar una multa”. (Villafañe, 1985)

Por cierto que esa actitud no fue meramente literaria. Villafañe cuenta un episodio de juventud que puede darnos una idea de su personalidad absolutamente singular, irreverente y creativa.

“Volviendo a aquellos tiempos (…), a través del Consejo General de Educación me invitaron a dar funciones en distintos lugares. Hicimos el acuerdo de que yo pagaba mis gastos de acuerdo a lo que necesitaba, y luego me devolvían el dinero. En ese entonces, el Presidente del Consejo General de Educación era Raúl Fernández, por otra parte gran amigo. Le pasé una lista de gastos muy pequeña, en realidad yo gastaba apenas lo necesario, y me invitó complacido a dar una conferencia por la que me pagaría, pues necesitaba llenar un poco el presupuesto (...). Por la conferencia me ofrecieron 500 pesos, una fortuna para la época. Yo iba gastando el dinero a cuenta, pero el tiempo pasaba y los 500 pesos prometidos nunca llegaban. Así que decidi enviarle a don Raúl Fernández un “Romance cobrador” que dice así:

“Romance cobrador

“Don Raúl Fernández, señor
Presidente del Consejo
General de Educación:
Quiera Dios que no se olvide
de este humilde servidor,
que en los meses de verano
las colonias recorrió
y con su teatro de títeres
a todos los niños dio
la alegría de sus farsas
en anchas tardes de sol
y de aquella conferencia
que ha auspiciado y no pagó
el Honorable Consejo
que preside Ud., Doctor.
Conteste en verso o en prosa,
Como le venga mejor,
junto con 500 pesos,
el fruto de mi labor,
que sabrá cómo gastarlos
su seguro servidor.

“Poco tiempo después recibí por correo el cheque y así terminó el episodio” (Villafañe, 1990).

Durante uno de los muchos gobiernos militares que atraviesan gran parte de la historia Argentina del siglo XX, su libro Don Juan el Zorro (1963) fue prohibido y retirado de circulación, y Villafañe tuvo que exiliarse en Venezuela. Su retorno fue posible recién en los ochenta con la caída del último régimen militar que asoló al país.

No debe extrañarnos, pues, que una de sus últimas obras de títeres, con la que retornó a la Argentina y con la cual caminó los escenarios de Europa y América haya sido una farsa de contenido explícitamente político. El Panadero y el Diablo (Villafañe, 1986), es actualmente una de las obras más representadas de este autor. La elección de los dos únicos personajes de la farsa, ligados por un conflicto elemental: la lucha por la posesión del pan, son la síntesis de una visión mucho más amplia y compleja: el Panadero amasa el pan, es decir representa la fuerza del trabajo; pero además es quien debe repartirlo y en ese sentido puede representar al Estado como organización social. Pero ¿qué estado? No un estado liberal, por cierto, sino un estado de tipo socialista, pues el panadero dice:

“Voy a la panadería

porque tengo que amasar

un pan para cada vecino,

ni uno menos, ni uno más”. (Villafañe, 1986)

Una de las tantas versiones de El Panadero y el diablo.

Un estado equitativo que pone el trabajo al servicio de las personas a las que proporciona lo necesario de manera igualitaria y sin beneficiar a nadie en exceso.

El Diablo, por su parte, representa la contracara, pues quiere apropiarse del pan, es decir del producto del trabajo sin dar nada a cambio, sino por la fuerza de su poder. De alguna manera sería una imagen demonizada del capitalismo. Pero al mismo tiempo, hay una alusión directa a los métodos totalitarios e inhumanos aplicados en América Latina durante la segunda mitad del siglo XX, pues el Diablo quiere los panes para alimentar a sus sobrinos, que regresan de un curso sobre torturas que han ido a realizar en “un país del Norte”.

Obviamente, haciendo uso de la justicia poética, el Panadero vence al Diablo.

Esta obra breve en realidad es prácticamente la única de contenido político explícito en la dramaturgia de Villafañe. Sin embargo no es la única que cuestiona las bases de la sociedad burguesa. Su primer volumen dedicado al género Títeres de La Andariega (Villafañe, 1936) incluye obras como El Fantasma (una burla sobre el matrimonio), o La Guardia del General (la corrupción en los ámbitos castrenses). Entre sus libros más originales se encuentra Circulen, caballeros, circulen, que incluye cuestiones como la crítica a la sociedad de consumo. De todos modos la problemática social y política no ocupa la mayor parte de los textos del autor argentino.

Sin embargo es interesante observar que, así como una parte importante de sus obras para teatro de títeres adopta rasgos de la literatura clásica y tradicional, tanto en los temas como en el uso del lenguaje, otra se inscribe claramente en una perspectiva vinculada con el realismo mágico o directamente con el surrealismo o el absurdo. Esta tendencia se observa más que en su teatro, en su poesía y sobre todo en su obra narrativa (su farsa El Uñoso, por ejemplo, presenta un personaje cuyo mayor placer es reventar globos y cuya mayor afición consiste en coleccionar botones y hacer collares con ellos). Y éstas son maneras de erosionar lo establecido, sea en lo social, sea en lo estético.

Villafañe hizo de sí mismo su propio personaje, que no ocultaba al Villafañe auténtico ante quienes lo conocían más íntimamente, [5] pero que representa una máscara romántica en medio de la sociedad tecnológica de nuestros días. Con su sombrero de paja, su mono de obrero, y sus zapatillas blancas, su blanca barba y su rellena figura, parecía un ser de cuento, el mágico abuelo que todos quisiéramos tener. Pero por bonachona que pareciera su figura, era una nota disonante en el mundo ultramoderno de los aeropuertos, en el boato de las galas, en los claustros universitarios o gubernamentales en los que fue condecorado más de una vez o hasta en las escuelas que visitaba, ámbitos de uniformes blancos pensados para enseñar los convencionalismos sociales.

En fin, Villafañe cimenta su producción literaria y teatral sobre la base de la literatura clásica y tradicional, pero en conjunción con ese basamento construye su vida y su obra en el ámbito de la transgresión para lo cual adopta vías de acción y de expresión que, paradójicamente, conjugan la tradición con la vanguardia.

Oscar H. Caamaño
(Este artículo fue publicado con anterioridad en la revista virtual
Títeres en línea, de UNIMA Argentina, con motivo del
décimo aniversario de la muerte de Javier Villafañe).

BIBLIOGRAFÍA

(La siguiente es una bibliografía de Javier Villafañe basada en las ediciones originales, que contiene las obras citadas precedentemente. Además existen numerosas reediciones posteriores, totales o parciales de estas obras, que no se incluyen por razones de espacio, excepto una Antología (1990), debido a que se cita en el artículo porque contiene la Biografía del autor, escrita por Pablo Medina).

1934, El figón del palillero (en colaboración con Juan Pedro Ramos), Buenos Aires.

1936, Títeres de La Andariega, Edición Asociación Ameghino, Buenos Aires.

1938, Una ronda, un cuento y un acto para títeres, Ediciones "El gallo pin­to", Buenos Aires.

1938, Coplas, poemas y canciones, Premio Municipal de Poesía, Edic. "El ga­llo pinto", Buenos Aires.

1943, Teatro de títeres, obras que representó el tablado de La Andariega por pueblos y ciudades para diversión de los niños. Ediciones Titirimundo, Bue­nos Aires.

1943, Títeres, Nova, Buenos Aires.

1944, El Gallo Pinto, canciones ilustradas por niños argentinos, Univer­sidad Nacional de La Plata, La Plata.

1944, Los niños y los títeres, (Dibujos y fotografías de R. Debenham, Alberto Morena y José Luis Lanuza), El Ateneo, Buenos Aires.

1944, El mundo de los títeres, (Conferencia del Ciclo 1943 dictado en el Teatro Nacional de Comedia Instituto Nacional de Estudios de Teatro), Cua­dernos de Cultura Teatral, Buenos Aires.

1945, Libro de cuentos y leyendas, ilustrado en colores por niños, Universidad Nacional de La Plata, La Plata.

1957, La maleta, Colección Nuevo Mundo, Perrot, Buenos Aires.

1957, Historias de pájaros, Emecé, Buenos Aires.

1960, Atá el hilo y comenzá de nuevo, Losada, Buenos Aires.

1963, Los sueños del sapo, cuentos y leyendas ilustrados por niños, Ha­chette, Buenos Aires.

1963, Don Juan el Zorro. Vida y meditaciones de un pícaro, Claridad, Buenos Aires.

1965, El gran paraguas, Edic. La Rosa Blindada, Buenos Aires. *

1967, Circulen, caballeros, circulen, Hachette, Buenos Aires. La cucaracha, Hachette, Buenos Aires.

1970, Los cuentos que me contaron, 94 cuentos escritos por niños, Universidad de Los Andes, Venezuela.

1970, La jaula, Monte Avila Editores, Caracas.

1977, La gallina que se volvió serpiente, y otros cuentos que me contaron, Taller de Títeres Universidad de os Andes, Venezuela.

1979, Cuentos con pájaros, Hachette, Buenos Aires.

1983, Maese Trotamundos por el camino del Quijote, Seix Barral, Bar­celona.

1985, El caballo celoso, Espasa Calpe, Madrid.

1986, Cuentos y títeres, Colihue, Buenos Aires.

1987, Los cuentos que me contaron por el camino de Don Quijote, Alfadil LAIA, Caracas.

1990, Antología. Obra y Recopilaciones. (Contiene una Biografía escrita por Pablo Medina), Sudamericana, Buenos Aires.

1990, Los ancianos y las apuestas, Sudamericana, Buenos Aires.

1991, El hombre que debía adivinarle la edad al diablo, Sudamericana, Buenos Aires.

1991, Los cuentos que me contaron por los caminos de Aragón, Cultural Caracola, Zaragoza.

1991, Paseo con difunto, Emecé, Buenos Aires.

1994, Teatro, Ediciones Colihue, Buenos Aires.



[1] Véase por ejemplo Maese Trotamundos por el camino de Don Quijote (Villafañe, 1983), crónica literaria de un viaje real realizado en un carromato del siglo XVII por las rutas del personaje cervantino, conjuntamente con otros artistas También el volumen de cuentos Los sueños del sapo (Javier Villafañe, 1963).

[2] Véase, por ejemplo, El Gallo Pinto (Villafañe, 1944) o La vuelta al mundo (Villafañe, 1986)

[3] Su producción abarca seis décadas.

[4] Era descendiente de Miguel y Luis Cané, escritores y poetas reconocidos en Argentina.

[5] Ariel Bufano lo planteaba como interrogante en la solapa de la edición de Títeres de editorial Hachette: “Uno nunca sabe si Javier es invento de la gente, es un invento de sus títeres o un invento de Javier”. (Villafañe, 1967).

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